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Revista digital
Buenos Aires, crónicas de la ciudad abierta es la publicación digital de la Defensoría del Pueblo, que refleja la tarea desplegada por la institución y sirve para acercarse a quienes se interesan en la promoción de los derechos ciudadanos, en las cuestiones urbanas y en el desarrollo de políticas públicas participativas y democráticas. SUSCRIBIRME
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AGOSTO 2006
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Justicia cercana |
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Un nuevo esfuerzo por facilitar a los porteños la obtención de justicia rápida y eficaz tendrá como ámbito a la Defensoría del Pueblo, que muy pronto pondrá en marcha un centro de arbitraje y conciliación. La iniciativa procura que los conflictos entre partes puedan zanjarse sin llegar al proceso judicial, a través de un método alternativo de resolución de divergencias en el que árbitros idóneos determinan el derecho aplicable al caso concreto planteado voluntariamente por los interesados. Así, incorporamos al vasto universo de actividades ligadas a la protección de las garantías y derechos ciudadanos esta nueva modalidad de búsqueda de soluciones a situaciones de disputa en la que la gratuidad, celeridad, confidencialidad, imparcialidad y neutralidad constituyen ventajas evidentes. La Defensoría considera un éxito el hecho de que, pese a las elevadas calificaciones necesarias para integrar el futuro cuerpo, al momento de la publicación de esta revista digital, casi un centenar de abogados ya se hayan inscripto como candidatos para integrarse al Registro de Árbitros que funcionará dentro de la órbita de la institución.
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Emergencias 24
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Vulnerables
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Una investigación efectuada por la Defensoría del Pueblo reveló que en los últimos 10 años surgieron 24 nuevos asentamientos urbanos en la ciudad, emplazados en fábricas abandonadas, terrenos baldíos, depósitos desocupados y otros sitios ociosos, y en los que miles de familias excluidas buscan refugio pese a condiciones de habitabilidad precarias e inseguras, hacinadas y sin la infraestructura ni los servicios públicos más elementales. Para la Ombudsman porteña, Alicia Pierini, “los niveles de vulnerabilidad descritos que afectan al 20 por ciento de la población- señalan la necesidad de definir líneas explícitas de intervención a largo plazo desde el Estado, que incluyan una evaluación integral de la problemática socioeconómica, de empleo y habitacional de estos grupos para potenciar sus recursos y capacidades”.
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A mediados de 1940, alrededor del diez por ciento de la superficie total de la ciudad estaba compuesta por grandes terrenos baldíos que pertenecían a la Municipalidad o a dependencias estatales como los ferrocarriles o la administración portuaria. Emplazados en su mayoría en zonas bajas, donde no había calles pavimentadas, redes cloacales ni agua potable, veinte años después carecían además de centros comerciales y de medios de transporte, poseían la más alta concentración de industrias peligrosas y, en consecuencia, los valores de la tierra más exiguos.
La presencia de esas superficies, el éxodo de la población rural, la crisis de la vivienda y la conformación de nuevas industrias con el consiguiente crecimiento de la demanda de mano de obra, dieron lugar a que se ocuparan ilegalmente aquellos terrenos y que se edificaran en ellos auténticos núcleos urbanos separados del resto de la ciudad. Hacia finales de los años 60, el advenimiento de las villas de emergencia como eufemísticamente se las comenzó a denominar años más tarde- había modificado la fisonomía de Buenos Aires en un 13 por ciento de su superficie, un área semejante a la de todo el barrio de Belgrano. Más de sus tres cuartas partes estaban pobladas por los conglomerados de Retiro y del sector sudoeste de la ciudad, y éste último, el más extenso, cubrió la mitad de la longitud total.
En 1956 las cifras oficiales estimaban que ya vivían en estos asentamientos 33.920 personas. Cincuenta años más tarde, ese número trepó a más de 120 mil, lo que evidencia -desde sus orígenes- una continua tendencia al crecimiento, en oposición al resto de la población de la ciudad, que se halla en un proceso de estancamiento desde 1947, tal como lo demuestran los sucesivos censos nacionales.
Pero el déficit habitacional no es patrimonio exclusivo de estos grupos: alcanza al 20 por ciento de la población ya que, de acuerdo al informe de situación efectuado por la Defensoría del Pueblo, denominado Desalojos de Nuevos Asentamientos Urbanos, actualmente hay 200 mil personas que ocupan inmuebles tomados, 70 mil que viven en inquilinatos, 70 mil en hospedajes o alojamientos y 120 mil en viviendas de familiares, habitaciones rentadas o hacinadas en sus propios hogares.
La investigación realizada también permitió constatar que, a diferencia de las villas tradicionales, la mayoría de estos asentamientos “constituyen procesos informales y espontáneos de ocupación de predios o inmuebles privados y/o públicos- por familias de escasos recursos, que se instalan en terrenos que presentan características topográficas inadecuadas para su urbanización (terraplenes de ferrocarril, bajo autopistas). Levantadas con materiales de desecho, maderas, cartones, nylons u otros remanentes, las construcciones son muy precarias y no reúnen niveles mínimos de consolidación, ya que los pisos sobre los que se levantan son de tierra, piedra o cascotes. Carecen de infraestructura y tampoco tienen agua potable, luz eléctrica y cloacas. A la fragilidad de este hábitat se adiciona -como otra nota distintiva- la inseguridad en materia de tenencia que soportan sus ocupantes, toda vez que la mayoría de estos enclaves se ubican sobre superficies de dominio privado con un riesgo de desahucio muy alto, circunstancia que indudablemente contribuye a agravar los niveles de vulnerabilidad detectados”. De hecho, de los veinticuatro nuevos conglomerados detectados, cinco se encuentran con juicios de desalojo en trámite y dos ya tienen librados mandamientos de lanzamiento. La situación afecta a más de 650 familias en situación de extrema pobreza.
Para la Defensora del Pueblo, estos nuevos asentamientos se conformaron “sin que el Estado local haya diseñado o gestionado políticas enderezadas a abordar adecuadamente este acuciante problema social. De hecho, ni siquiera se reconoce a estas ocupaciones informales como situaciones de demanda crítica. La tolerancia y la falta de intervención estatal contribuye a incrementar la situación de vulnerabilidad de estas familias, como así también el sostenimiento de un tipo de hábitat que, por sus características, constituye un riesgo para la salud y la integridad física de los grupos afectados. A su vez, la ausencia de políticas de mediano y largo plazo determinan un continuo y forzado desplazamiento de estos grupos de pobreza extrema por la geografía de la urbe”.
Si bien el Estado ha planteado una estrategia de intervención inmediata que -a través de un subsidio que garantiza un alquiler por un plazo de cuatro a seis meses- ofrece una respuesta rápida a las familias desalojadas, para Pierini esta herramienta “no resulta eficaz para resolver situaciones caracterizadas por su cronicidad. La operatoria en cuestión no prevé el seguimiento y acompañamiento de los grupos afectados y tampoco el asesoramiento o facilitación de soluciones habitacionales sostenibles. Esta mecánica de respaldo a corto plazo resulta, además, extremadamente costosa para el erario público. Si se consideran los grupos familiares que, en un breve lapso, serán expulsados, se advierte que el Estado deberá erogar una suma que se aproxima a $ 1.200.000 para asegurar un albergue por un plazo no mayor a seis meses. Al final de ese período sobrevendrá un forzado desplazamiento territorial hacia nuevas o aún peores condiciones de precariedad habitacional, por lo que, en la práctica, ese desembolso sólo importará un aplazamiento de la problemática y, en ningún caso, una solución sostenible para los grupos familiares afectados”.
Las políticas habitacionales no sólo deben orientarse a optimizar las características de las viviendas sino que fundamentalmente tienen que propiciar las condiciones necesarias para un desarrollo humano digno. Por ello, concluyó la funcionaria, “resulta imperioso que los programas que se articulen desde el Estado para abordar la emergencia detecten y diagnostiquen la existencia y las formas en que se vinculan los distintos niveles de criticidad o vulnerabilidad y diseñen estrategias de acción de tipo integral. La atención de la emergencia constituye sólo la punta del iceberg. La experiencia de estos grupos sometidos a condiciones de extrema pobreza requieren de medidas que se orienten a facilitar los medios y recursos necesarios para resolver la cuestión habitacional en forma sostenible, priorizando aquellas alternativas que eviten -en la medida de lo posible- los desplazamientos territoriales y que faciliten el acceso de estos sectores de escasos recursos a entornos rehabilitados”.
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TONY VALDEZ, FOTÓGRAFO
La fuerza del testimonio
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"Las imágenes tienen que decir lo que pasa realmente"


Dos imágenes inéditas de la muestra "Grito nocturno"
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Trabajó como reportero gráfico para Newsweek, Le Temps y Reuters, pero dejó de publicar regularmente en los medios para dedicarle más tiempo a la docencia. Este verdadero dibujante de la luz exige que los fotógrafos tengan una formación fuerte, reivindica la imagen como testimonio y en sus tomas registra la caída de una Buenos Aires cuyas luces del centro, dice, son ahora la gente durmiendo en la calle.
¿Cuál es la función del fotoperiodista en la actualidad?
Uno siempre tiene que definir que es periodista además de fotógrafo: ambas profesiones van juntas. Los mismos requisitos, a la hora de una nota, deberían ser exigidos para un cronista y para un fotógrafo, pero en Argentina eso funciona por separado, todavía es un terreno muy virgen. Vos podés ser genial técnicamente, pero si no conocés el mundo en el que vivís, no sos un fotoperiodista. Podes ir al Líbano y traer fotos buenas, pero si además tenés una formación periodística, vas a saber en qué lugar hay que estar, y en qué momento. Eso te ayuda a no tomar una posición definida, a no convertirte en un militante pro Líbano o pro Israel. Tus imágenes tienen que decir lo que pasa realmente, algo que no sucede con aquello que se publica en los medios locales. No eligen fotos por lo que transmiten, sólo llenan huecos. En una foto vos adjetivás determinados elementos, pero lo esencial es saber qué es lo destacable. Si hay represión, que se vea. Si estás en Bolivia, la foto tiene que decirlo, ya sea con ponchitos coloridos o con sombreros típicos, con algo bien sudaca.
¿Hay momentos mágicos o son los fotógrafos quienes los producen?
Los momentos mágicos existen y muchas veces sucede que una toma muy buena la sacaste de vacaciones. En general, por más rutina que uno desarrolle, la foto responde a determinadas convicciones. El 80 por ciento de mi trabajo es algo que quiero hacer, y siempre lo abordo desde mí. En 1990 hice un ensayo sobre el boxeo en blanco y negro, y dos años después, mientras mostraba el trabajo en una charla, me di cuenta de que no tenía nada que ver conmigo. Automáticamente dije “es una porquería, tiene una estética ortodoxa, con un estilo documentalista de los años 50”. No era lo que yo había visto y lo volví a hacer a color. El fotógrafo es un instrumento que tiene la virtud de elegir un momento en el tiempo y el espacio, pero además mantiene el testimonio y la memoria, permite seguir sabiendo, por ejemplo, cómo eran los rostros de los desaparecidos.
¿Qué imágenes encuentra en la ciudad de Buenos Aires?
Viajo siempre en medios de transporte públicos y estoy en contacto con el lugar donde vivo. Conozco las realidades, sé qué voy a buscar, y la ciudad me tira imágenes de cada vez más decadencia. Es como una droga: sabés que te hacen mal pero no las podés dejar. Esa ciudad “europea” en la que se formó mi generación, súper cultural y con mucha arquitectura, es cada vez más latinoamericana, en su peor sentido: no lleva la alegría de los colombianos o el colorido de los brasileños, sino que refleja cuadros de un lugar con miseria, aquello que no aparece en los folletos turísticos. En un trabajo que realicé en el año 1997, “Grito nocturno”, con la intención de mostrar un poco esta caída, empecé a sentir esa desazón que se produce cuando cae el sol y se viene la noche, una sensación de vacío. Yo era como un actor que se metía cada vez más en su personaje, y de repente el trabajo se transformó en lo que yo llevaba adentro, mezclado con imágenes de la ciudad. Hoy esos lugares retratados no existen más: el policía en los baños de Constitución, el hall de la estación de Retiro, el shopping Spinetto. Están hechos de plástico, devorados por el aura modernista de Buenos Aires, que coloca placas de bronce con leyendas como “Aquí vivió Carlos Gardel” en los rascacielos de Catalinas. Ahora las luces del centro son las personas durmiendo en la calle.
¿El fotógrafo tiene un objetivo social?
Su compromiso real es poder mantener viva la fuerza del testimonio y lograr salir del estereotipo de imágenes que nos bombardea y anestesia. Hoy ver una toma de un nene llevado en brazos por un tipo de la Cruz Roja no te produce más nada. Si esa misma foto es muy buena -y pongo como ejemplo el Guernica de Picasso, una retrato increíble-, el mensaje llega y se diferencia. Los diarios hasta publican fotos de aficionados, o testigos de grandes tragedias, porque tienen una oferta muy amplia. De eso hay que diferenciarse, hay que sorprender. Pero algo frívolo también puede ser abordado desde una perspectiva interesante, si consigue destacarse del estilo dominante. Cuando me tocó, por ejemplo, tomar fotografías de un culo para la tapa de una revista, lo asumí como un desafío. También hay estereotipos del ensayo donde se supone que todo trabajo debe abordar una perspectiva humanitaria o social, y en realidad hay infinitas maneras de encarar un tema. A veces la gente se ríe o posa ante el fotógrafo, como en la televisión: en una marcha porque para reclamar justicia mataron a dos pibes en un barrio, los vecinos se ubican detrás y saludan a su familia. El trabajo del fotógrafo es volverlos a la realidad.
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Sangre y arena
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El dueño del circo

Videla junto a una de sus acróbatas

Simon Videla, de la 1ra. generación
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Jorge Videla nació, literalmente, en el circo. Se cayó de la panza de su madre cuando ella bailaba el pericón en la obra Juan Moreyra, en la misma arena donde habían hecho piruetas su padre y también su abuelo, tras escapar en 1890 de la fragua de un taller metalúrgico donde trabajaba por 20 centavos a la semana. “Antes los circos se quedaban dos meses en cada lugar, tenías tiempo hasta de tener una novia. Pero al empresario se le encarecían los costos porque le pagaba el alojamiento y la comida a todo el mundo. Entonces te compraban una casilla rodante, que permitía mandar más artistas a las giras. Mi mamá era de familia chacarera y lo conoció a mi papá en una de esas funciones. Se vieron 15 días, se la llevó con él y se casaron”. Así introduce su linaje quien desde 1980 dirige la primera escuela de circo criollo fundada en el país.
A los 66 años, Videla -tercera generación de una tradicional familia circense- explica los caminos de una disciplina que antes sólo se transmitía de padres a hijos: “Cuando la inauguramos, la misma gente del circo nos marginó porque le enseñábamos a personas que no tenían sangre familiar en el escenario. Pero lo hacíamos por amor, porque es una filosofía de vida. Aunque los circenses de raza nos miren mal, en Estados Unidos nuestros alumnos dicen que estudiaron con nosotros y los dejan pasar gratis en todos los circos, los tratan de primera. Van y anuncian ‘ai estadi in descul of de Videla braders’, y ven la función sentados en la segunda fila”.
Dentro de la carpa donde estaba dispuesto el circo criollo había también un escenario especial donde se representaba una obra de teatro con la única ayuda de un flash de fotos o una máquina que pasaba diapositivas, si la función se realizaba en el Instituto Di Tella. En aquel circo nació Videla, donde desde 1930 se interpretaban obras como Corazón de chacarero, Nazareno Cruz y el lobo, El forastero que llegó una tarde, Juan Moreyra y Che, prestáme a tu mujer. “Es la madre de todas las artes, hasta fue nombrado patrimonio cultural de la humanidad”, se enorgullece este hombre de no más de un metro sesenta de altura cuyo aspecto no delata su edad. “Si hasta el teatro nacional nace con el circo. Ambos fueron paridos por el mismo vientre, sólo que uno tomó el camino de la palabra, y el otro el universal”.
La denominación nuevo circo es algo que ya no se discute más en el mundo, sostiene Videla. “¿Qué pueden decir los rusos entonces con sus primeras tecnologías, si en los 60 trajeron el cinturón de seguridad, que permite hacer trucos sin peligro de caerse, algo mal visto por los tradicionales del circo?. Sí existen nuevas modalidades dentro del espectáculo tradicional, como la desplegada por el Cirque du Soleil, pero eso lo hacíamos nosotros hace 40 años, antes de que vos nacieras. La diferencia es que aquí tenemos mil pesos para gastar y ellos tienen 10 millones de dólares de presupuesto. Son siempre tres en la pista y detrás hay 20 tipos que adornan todo, iluminados por 150 luces. El circo ruso y el chino tienen estilos diferentes, pero no son novedosos. Lo que hay son buenos o malos espectáculos, que pudieron adaptarse o no a la época”, sostiene el actual profesor de destreza y malabarismo para actores en la carrera Artes del Teatro de la Universidad del Salvador. Junto a su hermano, se convirtieron en los primeros profesores académicos de circo del país.
Videla se apasiona por los aviones. Fue piloto civil y nunca llegó a cumplir su sueño de ser piloto militar. Su padre lo necesitaba en el circo, en la pista y a la hora de recaudar. “Siempre me temblaron las piernas arriba del escenario. La primera vez que salí, a los 4 años, en vez de pasar la gorra mostraba al público una foto mía bien vestido y la gente me daba monedas de cobre de hasta 2 centavos. Recaudé como 50 y las gasté en chocolatines: me cagaron a palos, ese fue mi debut”, se ríe el menor de los hermanos que hoy dirige la escuela donde asisten más de 30 jóvenes en busca de agudizar su destreza.
Cada uno tiene una habilidad, no existen los elegidos, pero hay excepciones: “Zamoratte llegó un miércoles de invierno a un circo de mierda que teníamos con mi hermano Jorge”, dice mientras señala a un contorsionista del circo alemán Flic Flac, en una revista vieja. “Yo estaba parado en la puerta y el tipo me preguntó si había dislocadores, una palabra muy de la jerga del circo, esos tipos que se sacan los hombros de su lugar. Lo agarré para la joda, porque siempre aparecen esos locos que te dicen que son artistas y en realidad no hacen nada, y llamé a un compañero para reírnos un poco. Le pedimos que se ablandara y el tipo empezó a cruzar las manos por todo el cuerpo, pasándoselas por arriba de la cabeza, tocándose el pie contrario, era un fenómeno. Lo hice trabajar jueves, viernes, sábado y domingo. Después agarró el circo de José Marrone y llegó al cine y a la televisión. En España le dicen el hombre botella, porque se mete adentro de una botella grande”.
A los alumnos de la escuela de circo criollo primero se les enseña alguna habilidad y luego se los prepara físicamente. Pero, además, el aprendizaje posee una función social: saca a los chicos de la calle, les ofrece un camino y un modo de subsistir. Si el estudiante es diestro existen grandes posibilidades de que alguna empresa extranjera lo contrate para su espectáculo. “Antes las familias tenían mas hijos que iban todos derecho al circo. Hoy tienen 2 y paran, y así es imposible que haya grande troupes como las de los hermanos Galli, los Rivero o los Casali”, se queja Videla, quien al instante se enorgullece del rápido avance de algunos alumnos, y pregunta: “¿Quién debuta hoy? -dos chicas responden al unísono “nosotras”-. ¿Ves? Los mandamos derecho al circo porque es el único espectáculo que hay para toda la familia: es muy sano, no hay nadie en pelotas”.
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Antenas cuestionadas

La inseguridad vial en un informe

La Defensoría en el Centro Cultural Gral. San Martín
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- Malas ondas
La doctora Alicia Pierini recomendó al Interventor de la Comisión Nacional de Comunicaciones (CNC) que realice una exhaustiva investigación de las instalaciones radioeléctricas existentes en la ciudad para detectar la presencia de emisoras clandestinas y ordenar -en los casos que corresponda- su clausura y desmantelamiento, al tiempo que también requirió que se evalúe el grado de inmisión procedente de todas las estaciones habilitadas antes de continuar autorizando la colocación de estos dispositivos. “Hasta tanto se publiquen estudios científicos contundentes, el Estado no puede mantener una actitud pasiva frente a la proliferación de antenas, y ante la falta de un adecuado control o registro de las mismas”, recalcó la funcionaria. Ver resolución.
- Pibes de parabienes
Para divulgar el trabajo desarrollado por la institución y aproximarse a los más pequeños, durante las vacaciones de invierno la Defensoría del Pueblo dispuso un stand en el hall del Centro Cultural General San Martín en el cual se reparten a los niños que allí se acercan junto a sus padres globos y calcomanías con dibujos de Matías, el popular personaje creado por Sendra, autor que sigue colaborando desinteresadamente con la institución.
- Números que dicen
Durante el primer semestre del año, la Defensoría del Pueblo recibió 43.684 consultas, un 158 % más que durante el mismo período de 2005. En promedio, la institución atendió las inquietudes de 361 vecinos por día, 7.281 por mes. El ranking de reclamos lo encabezan las dificultades que padecen quienes aspiran a acceder a viviendas dignas a través de créditos oficiales, seguidos por los generados en villas de emergencia, complejos habitacionales y nuevos asentamientos urbanos.
- Todo mal
La Defensoría del Pueblo ya inspeccionó 220 garajes localizados en el microcentro porteño, donde pudo constatar, entre otras irregularidades, que las tarifas continúan sin fraccionarse, las cocheras para discapacitados no han sido debidamente demarcadas, no existen espacios para motos y bicicletas y los responsables de esos establecimientos no emiten los correspondientes tickets que permiten determinar el tiempo transcurrido desde el comienzo del uso del servicio. En todos los estacionamientos visitados, se entregó el texto de la ley 1.752 y un cartel de la institución que reproduce esa norma, con la leyenda “Léalo, es Ley”.
- Tarjeta verde
Continúa abierta hasta el 30 de agosto la convocatoria a todos los abogados que deseen anotarse en el Registro de Árbitros del Centro de Conciliación y Arbitraje de la Defensoría del Pueblo. El jurado estará integrado por las doctoras Marta Oyhanarte y María Celia Marsili y el doctor Raúl Etcheverry.
- Cooperación mutua
La Defensoría del Pueblo porteña y la Administración Nacional de la Seguridad Social (ANSES) rubricaron un convenio de cooperación para que todas las consultas que se reciben en la institución de garantías puedan ser evacuadas y satisfechas en el momento, en los casos que así lo requieran. “La medida resolverá el 80% de las 200 consultas que diariamente recibimos por temas relacionados con ANSES”, aseguró el doctor Eugenio Semino, a cargo del área de la Tercera Edad de la Defensoría.
- Gas para todos
A raíz de la denuncia efectuada por un grupo de vecinos residentes en el Conjunto Urbano Soldati, la Defensoría del Pueblo recomendó al Interventor del Instituto de Vivienda porteño que implemente en forma perentoria las medidas necesarias para superar el estado de precariedad y riesgo que actualmente presenta la red de distribución de gas natural de ese complejo habitacional. Ver resolución.
- Calidad garantizada
Alicia Pierini afirmó que implementará criterios y principios modernos de Gestión de Calidad en el desarrollo de las actividades de la Defensoría del Pueblo, con el fin de alcanzar la certificación de las Normas ISO 9000, y brindar a los vecinos que se aproximan a la institución más y mejores servicios afines a sus requerimientos e intereses.
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La demolición
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Una recorrida por el desalojado edificio de la ex cárcel de Caseros, en pleno y porteñísimo Parque de los Patricios, evoca la memoria de una época no muy lejana, cuando la saña de la dictadura intentaba arrasar el cuerpo y la moral de centenares de detenidos sociales y políticos que en ese verdadero infierno lograron resistir, aferrados a la esperanza de un futuro mejor.
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“El día que el compañero Jorge Toledo se suicidó en su celda colgándose con una sábana, los guardias del servicio penitenciario nos sirvieron a quienes estábamos encerrados en el mismo pabellón una cena especial: carne al horno con papas y salsa. La perversidad de estos tipos era tan grande que, para festejar su éxito, durante toda esa interminable noche nos aturdieron una y otra vez con el Réquiem de Mozart, una marcha fúnebre que retumbaba desde los altoparlantes ubicados sobre nuestras cabezas”, evoca con rabia Hugo Soriani, uno de los 1.029 presos políticos que fueron recluidos entre 1979 y 2001 en el penal de Caseros, la niña mimada de la siniestra maquinaria represiva organizada por la última dictadura militar, que tras décadas de devastar cuerpos y pugnar por quebrantar espíritus perdura en la actualidad como una patética mole gris semiderruida, a la espera de que se apruebe el proyecto oficial que prevé su definitiva demolición.
El testimonio de Soriani -junto con el de otros 18 ex confinados allí por razones políticas- puede verse en Caseros, en la cárcel, la película recientemente estrenada que dirigió el abogado Julio Raffo y produjo el Centro de Estudios y Producción Audiovisual. Hernán Invernizzi, quien también logró sobrevivir al cautiverio sufrido en ese presidio símbolo de los años de plomo, repasa ese instante brutal del 26 de junio de 1982: “Me senté en el borde de la cama y me agarré la cabeza. Habré llorado, no sé, dos, tres minutos. Pero después recordé que uno no podía llorar. Que si lo hacía se debilitaba, y los milicos podían aprovechar y golpearlo más fácilmente. Había que reponerse, respirar hondo, sacar pecho y seguir llevándola para no terminar como él. Al Negro lo obligaron. No fue un suicidio como otros, se la calcularon”, se lamenta hoy, 24 años después, mientras la indignación le anuda la garganta.
Al traspasar el despintado portón corredizo que da sobre la calle Pichincha, el panorama que descubren los sentidos es desolador: aparece una fortaleza bombardeada, como los sueños de toda una generación. Hay montículos de escombros en todos los rincones, algunos de ellos debidamente acomodados en gruesas bolsas negras. Desde el pasillo central de la planta baja se advierte que los techos de los dos subsuelos han desparecido por completo, dejando entrever los escasos azulejos de múltiples colores que aún permanecen adheridos a las paredes. Luego de firmar una planilla en la que el Ejército Argentino -a cargo de las tareas de desmantelamiento- advierte a los visitantes que no se hace responsable por su seguridad física, el sargento García señala el inicio del recorrido.
Considerado un penal modelo para el régimen genocida, este auténtico campo de concentración legal erigido en el corazón del barrio de Parque de los Patricios medía 85 mil metros cuadrados y estaba compuesto por dos colosales torres gemelas de 22 pisos y 2.096 celdas individuales de 2,30 por 1,30 metros, celosamente diseñadas para el aislamiento de los internos, que soportaban allí 23 horas del día sin poder ver jamás el sol, confinados en absoluta soledad, y donde sus cuerpos asumían con el paso del tiempo una lúgubre tonalidad azul-verdosa, como el vidrio de esos gruesos tragaluces circulares que aún dejan filtrar apenas una pálida fosforescencia desde el exterior hacia los 16 patios de recreo.
Un camastro, un armario, un inodoro, un banquito y una mesada de chapa eran el único y exiguo mobiliario que acompañaba la infernal estadía de los presos, quienes tenían terminantemente prohibido hablar entre sí, cebar mate o incluso leer la Biblia, ya que podían adjudicarle “interpretaciones subversivas”. Los altavoces que durante el día irradiaban estruendosas marchas militares sólo les ofrecían una tregua a sus castigados oídos con el fútbol del domingo, pero aquellas transmisiones eran bruscamente interrumpidas durante el entretiempo, para impedir que conocieran las noticias del día. Idéntica censura sufrían los diarios y las revistas que lograban entrar, ya que del implacable ajetreo de las tijeras sólo sobrevivían el horóscopo, los horarios de arribo y salida de los aviones y alguna que otra inocente tira cómica.
De los 14 ascensores que atravesaban Caseros sólo subsisten, entreabiertas, sus corroídas puertas metálicas, de las cuales asoman enormes pilas de cascotes. Por eso, para rastrear las dolorosas huellas del pasado inmediato, hay que ascender por unas escaleras tan angostas como polvorientas. La claridad, durante décadas escatimada a los reclusos con sistemática crueldad, se cuela ahora por las incontables aberturas que dejaron a su paso los trabajadores de la destrucción, que ya derribaron enteros los tres últimos pisos. Despojadas incluso de sus rejas, las celdas exhiben la misma apariencia oprobiosa de antaño, que se intensifica al contemplar los minúsculos calabozos de castigo situados en el piso 19, parada final del ominoso periplo.
Sumidos en esa oscuridad que desespera, proyectada para derrotar sus conciencias, muchos burlaron al encierro con ardides decorativos algunos de los cuales sobreviven en las descascaradas paredes de los calabozos del tercer piso: el colorido dibujo de la costa de una paradisíaca isla tropical bañada por las olas de un mar surcado por veleros, un techo teñido de azul profundo que simula una noche repleta de resplandecientes estrellas y hasta un auténtico panel solar para atrapar la miserable claridad que filtraba a través de los barrotes, fabricado con el papel de aluminio de decenas de paquetes de cigarrillos.
La pretendida versión local de la inexpugnable prisión federal de Alcatraz fue inaugurada en pleno auge del terror, el 23 de abril de 1979, con el arribo de un grupo de sindicalistas y prisioneros políticos detenidos durante el gobierno de Isabel Perón, que habían permanecido encerrados en los penales de Sierra Chica, Coronda, La Plata y Chaco, y a los que por su visibilidad jurídica la dictadura no se atrevió a hacer desaparecer. Ese mismo día, Alberto Rodríguez Varela, el entonces ministro de Justicia del gobierno de facto de Jorge Rafael Videla y actual abogado defensor del dictador, pregonaba con cínico fervor que “con la apertura de esta cárcel de encausados la República Argentina pone en evidencia ante el mundo su fidelidad a una tradición política y jurídica que se remonta a sus comienzos de vida independiente, que se ha orientado, invariablemente, a la creciente consolidación y garantía de los derechos individuales”.
Aunque entre los detenidos había militantes de diversas agrupaciones políticas de entonces, la solidaridad colectiva se convirtió rápidamente en un denominador común frente al espanto, porque “si el enemigo no hacía diferencias, tampoco debíamos crearlas nosotros”. En esta desierta ciudadela de la infamia que pronto será definitivamente desterrada de la geografía urbana, la dictadura enrejó sus cuerpos, pero no consiguió ponerle grilletes a sus ilusiones. “Había compañeros que podían soñar”, recuerda Néstor Rojas, otro de los apresados allí. “Como Isidoro Gerstein, que le escribía poesías a su compañera encarcelada en Villa Devoto: La cita será a las cinco, y los dos mirando el cielo, los ojos y no las manos acudirán al encuentro...”.
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EQUIPO DE TRABAJO:
Dirección General Dra. Alicia Pierini
Dirección Periodística Dr. Oscar R. González
Coordinación Periodística Lic. Pablo G. Fernández | Redacción Lic. Francisco Capurro Robles y Jorge Rodríguez Correa Diseño Ronald Smirnoff | Fotografía Valeria Niccolini y Julieta Panebianco
Propietario Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires
Copyfree Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires
Permitida la reproducción citando al autor e incluyendo un enlace al artículo original
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