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El abuso y el maltrato hacia las
mujeres volvió a captar la atención de argentinos y argentinas. Un
femicidio cada 30 horas y represores que violaban sistemáticamente
como método de tortura.
En julio de 1981, se celebró el Primer
Encuentro Feminista de Latinoamérica y del Caribe en Bogotá
(Colombia). Allí se declaró el 25 de noviembre como Día
internacional de la eliminación de la violencia contra la mujer.
En el encuentro, las mujeres
denunciaron sistemáticamente la violencia de género, constituida
por actos de agresiones domésticas hasta violaciones y tortura
sexual, también la violencia de Estado, incluyendo los abusos
sufridos por prisioneras políticas.
La situación actual en Latinoamérica
En general, respecto de la
violencia contra las mujeres, en Latinoamérica existe una importante
carencia de datos confiables y con valor comparativo a lo largo del
tiempo, ya que la mayoría de los países no recopilan datos con
regularidad.
Del mismo modo, el problema relacionado
con el insuficiente número de denuncias es otro factor que
complica la recolección de datos.
Sin embargo, se puede afirmar
que América Latina es la segunda región con los índices más
altos de muertes de mujeres por violencia, tanto en el ámbito rural
como en el urbano, y que la mayoría de los abusos físicos y
psicológicos provienen de parejas o personas con las que se ha
mantenido alguna relación.
¿Y qué pasa en la Argentina? Según
datos difundidos por la Oficina de violencia doméstica que depende
de la Corte Suprema de Justicia de Argentina, las denuncias
vinculadas con la violencia de género crecieron un 75% en
dos años, y en un 78% de los casos las víctimas son
mujeres.
Asimismo, de acuerdo con la
organización La Casa del Encuentro, que asiste a mujeres
víctimas de violencia, en 2010 se registraron en Argentina 260
feminicidios, un 12,5% más que en 2009. Y respecto del
2011, el Observatorio de Feminicidios reveló que cada 30 horas
ha sido asesinada una mujer, una frecuencia que supera aún la del
2010.
De manera que la violencia contra las
mujeres es un flagelo que persiste en el tiempo y que, peor aún, se
agrava. Además, su peligrosidad radica en que no distingue
fronteras, culturas, etnias o clases sociales.
Por otro lado, es importante destacar
que la violencia contra la mujer es todo tipo de violencia ejercida
contra la mujer por su condición de tal. De manera que no se limita
al maltrato físico, sino que presenta numerosas facetas que van
desde la discriminación y el menosprecio hasta la agresión física
o psicológica y el asesinato.
Merece nuestra especial atención un
aspecto de esta violencia: la violencia sexual. Esta existe
desde que la cultura de dominio patriarcal se instaló en nuestro
mundo y sus principales víctimas son las mujeres y niñas.
El 90% de las violaciones
envuelven amenazas de golpes o la utilización de la fuerza y muchas
veces conlleva una doble victimización, pues se hace responsable a
la mujer de lo sucedido, acusándola de provocar la violación con su
forma de vestir o sus acciones.
Además, la violencia sexual
parece haberse convertido en una de las herramientas predilectas de
tortura, en distintos hechos de violencia y conflictos armados.
En Argentina fue una práctica
generalizada y sistemática realizada por los represores de la última
dictadura cívico-militar (1976-1983), llegando a constituirse en una
verdadera arma de terror. El objetivo era el castigo psíquico y
físico.
El 23 de noviembre pasado, la cámara
federal de justicia de Mendoza calificó como delitos de lesa
humanidad a los abusos sexuales cometidos contra víctimas de la
represión ilegal, y estableció que formaron parte del plan
sistemático de secuestros y desapariciones. Es el primer fallo en el
país con estas características y sienta un importante precedente.
Numerosos y valientes testimonios de
mujeres que relataron cómo fueron violadas docenas de veces por día,
durante semanas enteras, fueron el fundamento de este justo fallo.
Esta calificación determina la
imprescriptibilidad de esos delitos y permite responsabilizar
penalmente tanto a los mandos medios e inferiores como a los
superiores. Los primeros, como autores directos de las
violaciones. Los segundos, por haber permitido que se creara el clima
y el escenario para que los abusos fueran cometidos.
Otras facetas preocupantes de la
violencia de género son la prostitución y la explotación
sexual.
Hoy asistimos a un grave proceso de
cosificación de las mujeres que las convierte en mercancías o
prestadoras de un servicio, situación que naturaliza y banaliza las
prácticas prostituyentes. Esta situación se manifiesta incluso en
el lenguaje. Al decir que una mujer “ejerce la prostitución” la
cosificación aparece relativizada e incluso negada, dando a entender
que “ellas se prostituyen”, “ellas eligen” y olvidando que es
una frase sin sentido pues, equivale a decir que “el esclavo
ejerce la esclavitud”, o que “el trabajador ejerce la
explotación”. El hombre es el que prostituye y la mujer es el
“objeto” de esa acción. No es posible que alguien se prostituya
a sí mismo.
Sin embargo, la prostitución ha tomado
en la actualidad una dimensión más importante: la trata de personas
con fines de explotación sexual. Se trata de un delito transnacional
que, en la actualidad, supera en todo el mundo al tráfico de armas
en cuanto al volumen de dinero que maneja, y que quedó solo un
escalón por debajo del narcotráfico.
Las mujeres son secuestradas y
trasladadas hacia los centros de prostitución en contra de su
voluntad, con el claro objetivo de comercializar con ellas.
Desaparecen, nadie las encuentra, no tienen documentos porque se los
quitan, están encerradas y aisladas, y son torturadas e incluso
asesinadas.
La violencia contra las mujeres es
un fenómeno social de múltiples y diferentes dimensiones. Es
la expresión de un orden social basado en la desigualdad, como
consecuencia de la asignación de roles diferentes a los hombres y a
las mujeres en función de su sexo.
Para combatirla es necesario abordar
cada caso de violencia contra la mujer, no como un hecho aislado,
sino como parte de una problemática generalizada, de manera que la
sociedad entienda que es un problema de todos y todas.
En este sentido, debemos seguir
alentando las campañas de sensibilización, que ponen en el tapete
la problemática y crean conciencia sobre la magnitud de esta que es
la violencia contra la mujer, que hasta ahora sigue siendo el
crimen más permitido en la historia de la humanidad
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