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"En general, referirse a la
prostitución es hablar de putas, rufianes, burdeles, mafias y
proxenetas. Todo un sistema de complicidades está puesto al servicio
de ocultar que en la industria del sexo no sólo participan mujeres
que se ganan la vida y la muerte, sino que allí también están los
clientes, en su mayoría hombres", denuncia el médico y
psicoanalista Juan Carlos Volnovich.
En su libro Ir de putas realiza un
análisis descarnado que pone a la vista el papel protagónico de los
consumidores de la prostitución, target comercial de los avisos de
publicidad sexual en los diarios que un decreto presidencial prohibió
apenas unos meses atrás y que la legislación de distintos países
se propone penalizar.
¿Quiénes son estos protagonistas de
la prostitución ocultos en las sombras? ¿Quiénes compran sexo en
cabarets, zonas rojas, casas de masajes o a través de books que
exponen la mercadería VIP?
"Creer que el cliente es un sádico
que se puede tipificar mediante una categoría psicopatológica no
explica el enorme consumo de prostitución en todas las clases
sociales", desmitifica Volnovich. Y sostiene que todo intento
por reducir la cuestión a su vertiente psicológica es una forma de
eliminar el carácter de abuso de poder y violación de toda ética
humana del que la prostitución está impregnada.
"La explotación comercial sexual
es uno de los problemas sociales, políticos éticos, culturales y
psicológicos más dramáticos, más controvertidos y más escabrosos
en cuanto a las relaciones entre varones y mujeres".
"Ir de putas sigue siendo un
ritual para ganar respeto dentro del universo masculino. Es una
práctica que sostiene la virilidad en la posesión de los genitales
y el dinero, como condición para suprimir a alguien en su lugar de
sujeto".
La práctica aparece enquistada en un
modelo cultural hegemónico que dictamina quién y cómo se convierte
en macho, con un estilo montado sobre el dominio de las mujeres.
Además, el juego tétrico no excluye el montaje de la escena para
espectáculo frente a los otros.
"El consumo de prostitución es
una religión laica que un porcentaje importante de hombres utiliza
para reforzar su identidad", comenta el autor de Ir de putas
(Editorial Topía), cuya actualización acaba de ser editada.
Aunque las generalizaciones siempre son
infieles, los expertos sostienen que una amplia mayoría de los
consumidores de prostitución son hombres que sólo pueden abrirle
paso al placer sexual con mujeres a quienes no los une el amor, sino
una forma del espanto: la denigración.
De hecho, entrelazar pasión y amor es
una construcción a la que muchos varones no acceden. "Aunque
puede parecer un fenómeno superado, todavía es muy frecuente ver
que los hombres aman a quien no desean y desean a quien no aman",
aclara el psicoanalista.
Pero ellos, los clientes, no lo
explican de esa forma. El imaginario masculino y los intereses en
juego han invertido el orden de los factores, al presentar al
fenómeno como un juego de oferta y demanda que atrapa a sus víctimas
por el efecto Mata Hari de las voluptuosas trabajadoras del sexo.
Al decir de Volnovich, los clientes
aparecen como "seres inocentes, víctimas ante el estímulo y la
facilitación de la oferta, reforzando el estereotipo de la
naturaleza animal de la sexualidad masculina y justificada en el
supuesto según el cual una vez que los varones hemos sido provocados
y excitados ya no somos responsables por nuestros actos. Son ellas
las responsables de desatar esos bajos instintos y es obligación de
los varones ubicarlas en su lugar".
Lectura que lleva necesariamente a la
discriminación entre una prostitución "mala" -siempre
condenable por ser forzada y a beneficio del explotador- y una
prostitución "buena", al servicio de la satisfacción de
la naturaleza masculina. Prostitución ofertada por quienes bajo
presunta libertad ejercen un oficio viejo como el mundo sobre el cual
reclaman reconocimiento ante organismos como la Organización
Internacional del Trabajo en función de la dignificación gremial de
su oficio.
"Si a alguien dignifica esta
posición, es a los varones que pagan por hacer uso y abuso de
cuerpos dispuestos a ser íntimamente arrasados", se indigna
Volnovich, y para derribar la hipótesis de la prostitución como
profesión, relata las dificultades que la organización Whisper
encontró a la hora de determinar las habilidades que necesita una
mujer para desempeñar su trabajo.
A saber: "Simular placer durante
la ejecución de actos obscenos, fingir orgasmos y tolerar hasta el
extremo todas las formas imaginables de violencia sobre su cuerpo, de
modo que pueda ser usado por el cliente sin resistencia alguna".
Sin contemplaciones, la cofundadora de
la Asociación Civil La Casa del Encuentro, Fabiana Túñez,
desmiente: "El cliente prostituyente elige entre cuerpos y no
entre personas, no sólo busca sexo, también dominio y abuso de
poder. En la prostitución, el cliente tiene derecho al consumo
sexual del cuerpo de la mujer no existiendo un intercambio sexual
recíproco, ni paridad de derechos".
Otro lugar en el mundo
El autor de The Sex Exploiter , J.
Davison, describe "el espectáculo de mujeres y adolescentes
alineadas en un burdel, numeradas y a disposición de cualquier
hombre que las elija, dominadas y humilladas, despojadas del poder de
resistir".
En su papel de esculturas vivientes que
se activan cuando el cliente deposita una moneda en su caja
registradora, las autodenominadas trabajadoras del sexo montan un
espectáculo a pedido del comprador y ofrecen orgasmos a la carta.
El modelo no es ajeno a una cultura que
promueve el paradigma hegemónico de la mujer-gato de consumo masivo,
se quejan las integrantes de organizaciones defensoras de los
derechos de las mujeres.
Y, sumado al reclamo por control
político de la prostitución y legislación condenatoria, las
críticas apuntan a la divulgación de un modelo vulgar, hueco y
escultural de mujeres que, en palabras de Fabiana Túñez, conforman
el sector VIP de la prostitución.
Desde la Fundación María de los
Angeles (fundada por Susana Trimarco, la mamá de Marita Verón,
raptada por el mercado de trata), Andrea Romero sube el tono, y acusa
al colectivo social: "Todos somos responsables si no resistimos
este lugar de denigración y seguimos dándoles rating a quienes nos
ubican en un lugar denigrante, sin proponer para las mujeres otro
lugar en el mundo".
Claves
- Deseo sin amor. La incapacidad de
tener placer sexual con mujeres a las que aman es uno de los motivos
detrás del sexo pago.
- Identidad. Es un ritual para ganar
respeto dentro del universo masculino.
- Explotación sexual. Es uno de los
problemas sociales y culturales más dramáticos en cuanto a las
relaciones entre varones y mujeres.
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