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¿Jubilarse del trabajo o de la vida?
Aunque la jubilación se refiere a la esfera laboral de cada uno, es muy frecuente, y más aún en países como el nuestro, que el jubilado se sienta retirado de lo que fue hasta entonces su existencia. No sólo por la importante pérdida de ingresos que afecta su nivel de vida, también por la dificultad para mantener ciertos modos de estar en el mundo que hacen a la singularidad de las personas. El solo hecho de jubilarse implica cambiar las condiciones de la existencia cotidiana: levantarse a determinada hora, no estar en la casa... Abruptamente, la vida es otra cosa, aparecen conflictos.
Hay que reformular muchos aspectos de la existencia, como la relación con la familia, con la pareja incluso, antes más restringida a los momentos en que no se trabajaba. Se pierden ámbitos, tareas, experiencias, relaciones y hay que buscar otros que los reemplacen. Si no se logra, lo que falta será sustituido por la enfermedad.
De ahí que los países avanzados desarrollen programas de prejubilación que sirven como preparación previa, de modo que se llegue escalonadamente al momento de la jubilación y sea posible ir gestando de modo gradual nuevos proyectos.
Es evidente que quienes se jubilan buscan denodadamente conservar modos y condiciones de existencia que van mucho más allá del ingreso económico. Según la teoría gerontológica de la continuidad esbozada por antropólogos como Ashley, todas las personas procuran preservar patrones históricos de comportamiento, roles y conductas que les permitan sostener su identidad a lo largo del tiempo y que, a la vez, los inmunizan ante las seguras pérdidas esperables.
Es importante garantizar a los adultos mayores contextos y situaciones contenedoras social y económicamente, y promocionar desde lo estructural, institucional y comunitario factores de vejez saludable. Además de las seguridades básicas, cabe mencionar la actividad física, las relaciones sociales y lo que los expertos denominan compromiso con la vida, es decir, que cada uno pueda compartir la humana necesidad de mantener deseos, aspiraciones e ilusiones a lo largo de toda la existencia.
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27° ANIVERSARIO DE LA DICTADURA ARGENTINA
El encierro de la memoria social
Los militares pretendieron desactivar el motor de cambio más allá de todas las cuestiones políticas e ideológicas. Quisieron parar el motor de la juventud con la Doctrina de la Seguridad Nacional, es decir, matando, secuestrando, exiliando. Pero tuvieron que parar también el suministro de combustible de ese motor, el chorro de la gasolina: la experiencia social acumulada en el viejo, la memoria social. La juventud se alimentaba de esa memoria, no para cumplir gentilmente con los legados de la experiencia, sino para tomar su experiencia de lucha.
Eugenio Semino consideró que hasta la década del 70, el Estado fue desde la seguridad social considerado un Estado de Bienestar. Tuvo un sistema jubilatorio, un sistema de asistencia pública muy difundido, un modelo de salud y hospital muy europeo. Pero para que pudiera desarrollarse, “los militares tuvieron que, congelar la imagen, sacar una foto de la sociedad en ese momento determinado. Necesitaban tener un territorio a dominar, tener pautado claramente hacia dónde iba porque no admitía la sinuosidad de la naturaleza”.
El proyecto era sustentado por el criterio de dominación del espacio y de los tiempos de los demás, de las formas de crecimiento de la sociedad, “porque no podían aceptar que la naturaleza crece despareja y en ello radica su belleza. El crecimiento de la sociedad es absolutamente dinámico y va adquiriendo formas organizativas distintas y de asociación diversa”, agregó Semino.
En aquel momento se pretendió congelar la imagen, cortar las ramas que salían “torcidas” de los árboles de la sociedad . La juventud fue anulada y con el corte del suministro la memoria social fue suprimida. “Entonces no hubo mas cambio social. Esa fue la foto. Los militares fueron los dueños y señores que dominaron el territorio llano. Impusieron un plan económico, gozaron y fueron depositarios del poder por siempre. La conquista perpetua.”, reflexionó el Obmudsman de la Tercera Edad.
La misma estrategia
En la década del ´70, con el establecimiento de la Doctrina de la Seguridad Nacional y la formación de cuadros de represión interna de los países en la Escuela de las Américas, Estados Unidos instaló para América Latina el Terrorismo de Estado. Estrategia similar al actual principio utilizado en la agresión a los pueblos de Medio Oriente llamada “Guerra Preventiva”. En tanto que en aquel momento la guerra preventiva era para eliminar al monstruo del comunismo, ahora lo es para combatir al islamismo y al fundamentalismo. En América Latina estos mecanismos funcionaron salvajemente para implantar un modelo económico que es el actual.
Depósitos de la memoria
Durante la última Dictadura Militar se creó la conducta asilar. Desaparecieron hospitales como el Rawson, el Alvear (actual Hogar San Martín), el Hospital de Geriatría Martín Rodríguez y se crearon grandes asilos. A estos macro-depósitos de ancianos fueron a parar los menos pudientes, que habían sido militantes, sindicalistas, gremialistas que a su vez no se habían podido jubilar porque habían estado presos, extraditados o habían sido perseguidos. Estos viejos representaban la “peligrosa” memoria social.
Entre 1978 y 1979 se crearon los grandes hogares para ancianos. Fue destruido el criterio de persona. Se despersonalizó y se institucionalizó al sujeto, se lo momificó adentro de las paredes de los geriátricos. La Dictadura se aseguró el apropiamiento sobre la sociedad en la que implementó el Modelo Económico Neoliberal.
Con el deterioro y caída de la Doctrina de la Seguridad Nacional y la apertura democrática se readaptaron y reacondicionaron los conceptos que generan modelos gerontológicos distintos. Los grandes asilos ya no sirven y se analizan modelos alternativos. Según Semino, “el fenómeno se da en toda América Latina. Las dictaduras le ceden el paso a democracias débiles donde el sustrato de dominación y de saqueo sigue siendo el mismo”.
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Los viejos que vos matáis...
La sucesión de asaltos a adultos mayores que se registra especialmente en la capital argentina y en ciudades de la provincia de Buenos Aires ha suscitado un alud de interpretaciones, interrogantes y polémicas. También, aunque en una proporción mucho menor, comienzan a surgir algunas propuestas sobre el modo de enfrentar los hechos.
Las preguntas son múltiples. ¿A qué obedece esta escalada de maltrato?¿Cómo puede explicarse? ¿Hay posibilidades de evitarla? De qué modo actuar? Se requieren algunas precisiones sobre la situación.
Por un lado, hay que tener claro que estos sucesos no irrumpieron en el último mes. Vienen de antes y, en el caso específico de la ciudad de La Plata, se registran con frecuencia desde hace un año. Lo que sí supone una modificación significativa es su crecimiento en número y en nivel de violencia. Pero no son hechos nuevos y, menos aun, ajenos a nuestra sociedad donde la discriminación de los adultos mayores es moneda corriente. En tal marco no puede sorprender que aparezcan.
Por otra parte, una característica a tomar en cuenta, es que en gran parte de los episodios las víctimas son asaltadas dentro de sus viviendas. En este sentido resalta que no han podido ser evitados por las medidas de seguridad tradicionales (rejas, puertas blindadas, cerraduras reforzadas, etc). Parecería que los delincuentes han detectado cómo entrar recurriendo al propio adulto mayor, a su historia. El viejo se crió en condiciones donde regían confianza y la solidaridad y esto hace a su memoria de vida. Ocurre entonces que las recomendaciones habituales (no abrir, chequear quién es, etc) son relativizadas. En el momento de actuar pesa más lo ya incorporado, como la confianza. O, en el otro extremo, el desconcierto y la parálisis.
Otro dato es que, en la mayoría de los hechos ocurridos, tanto éstos como las lesiones ocasionadas no fueron producto del uso de armas de fuego sino de armas blancas y de elementos existentes en la casa (palos, cuerdas, sábanas.
Esto remite a uno de los ejes del cuadro actual. ¿Quiénes son los delincuentes que están actuando? “No son como los de antes”, dicen los vecinos. Es que hasta hace unos años aparecían en su accionar frenos inhibitorios ante ciertas prácticas. Por ejemplo, pegarle a una viejita era mal visto hasta por los propios delincuentes...y no lo pasaba bien en cárcel quien lo hiciera.
La cuestión es que, por lo general, ese asaltante provenía de una estructura familiar (por más conflictiva o problemática que fuera) donde existían vínculos entre jóvenes y abuelos. Y era una relación de respeto la que se daba con el adulto mayor, con el padre o, en otro ámbito, hasta con el jefe de la banda. Sea como fuere, había una identificación positiva con ese viejo. Otra es la situación que estamos abordando. El actual delincuente viene de la calle, donde vive como puede, y donde el viejo representa la debilidad, la pobreza....En una palabra: lo que él, que sobrevive si triunfa en la pelea, rechaza de plano, representa lo que no quiere ser. Sin dudas, se da en este caso una identificación negativa con el viejo. Por eso la agresión es tan brutal; es el “cuerpo a cuerpo”en el que el delincuente está matando su propio futuro, “está rompiendo el espejo que adelanta”.
Se observa en muchos de estos hechos mucho ensañamiento con la víctima y no pocos se preguntan el porqué. Es un tema complejo, donde entran diversos factores: el delincuente inexperto que ve en el anciano un objetivo simple, accesible, que no requiere casi más armas que el engaño, un cuchillo o lo que esté a mano...Y también interviene fuertemente la identificación negativa, el sentimiento que entra a jugar en el ataque directo del arma blanca, del cuerpo a cuerpo donde hay resistencia y saña, sin la mediación del arma de fuego, del disparo previsto y a distancia.
Viejos y jóvenes, excluidos que se enfrentan. Aquí uno no puede sino recordar la frase de José Martí: “los pueblos que no cuidan a sus niños no tienen derecho al futuro, y los que no cuidan a sus ancianos no tiene derecho a la historia”. El viejo agredido y el joven que delinque son dos síntomas de una sociedad en crisis, que se cruzan en un momento determinado.
Nuestras sociedades contemporáneas son sociedades en riesgo que de este modo muestran sus síntomas. En el reciente caso de Francia, la reacción violenta de los hijos de inmigrantes mostrando años de exclusión hace olvidar que allí mismo, no hace muchos años, diez mil viejos solos, sin cuidado, morían de sed ante una ola de calor. Ambos, inmigrantes y viejos, estaban excluidos y no sólo en el aspecto económico sino en otro, el relativo a las decisiones sociales, a la decisión de apartarlos, de confinarlos en la soledad.
Aquí vemos lo mismo. El predador natural de los adultos mayores ha sido el ministro economía de turno, que también confiscó el horizonte de los jóvenes. Los ataques a los viejos y Cromañón simbolizan la falta de cuidado de esta sociedad donde viejos y pibes mueren inútilmente.
¿Qué hacer frente a la ola de violencia que acosa a los viejos? La violencia, el maltrato, el abuso y el abandono del adulto mayor plantean problemáticas de alta complejidad, mal definidas y de difícil resolución para las que no alcanzan los procedimientos normatizados ni sirven las soluciones lineales. Pero, a la vez, son problemas que vienen para quedarse. Por eso enfrentarlas demanda respuestas audaces flexibles, innovadoras y con clara vocación de integración social,
Es frecuente que se sostenga un falso dilema. Una de las posturas, la que atribuye casi exclusivamente la violencia a la globalización y al capitalismo salvaje, plantea como única solución la instalación de un nuevo sistema social. La otra, que ve a la violencia como efecto no deseado del sistema social, llama a extirparla con “mano dura”. La polémica entre ambas posturas simplifica el tema y, más preocupante aun, impide actuar de un modo coordinado.. Entiendo que se deben generar otros caminos a partir de redes de contención alrededor del adulto mayor que actúen en tres dimensiones:
- La dimensión macroestructural, a través de determinaciones políticas, económicas y sociales del estado a su más alto nivel.
- La dimensión media (mesoestructural), que supone determinaciones en el plano institucional de los organismos específicos (PAMI, ANSES y otros) implementadas en acciones diversas: formas de acompañamiento, trabajo en común con organizaciones barriales y otras- dirigidas específicamente a rescatar al viejo de su soledad y asilamiento para que vuelva a tener protagonismo. Creo que éste es un aspecto básico y que debe ser preservado ante supuestas “medidas de seguridad” que arriesgan reforzar el aislamiento. Los asaltos a los viejos, el modo en que se los exhibe y algunas baterías de “consejos” pueden generar mas soledad aun al impulsar a los ancianos a recluirse, a asilarse. Hay que tener en cuenta que “a mayor soledad, mayor vulnerabilidad” (tanto psicológica como ante el hecho delictivo). De ahí la necesidad de retomar la relación social y colectiva.
- La dimensión microestructural, que hace a los planes vinculares y relacionales, a las redes familiares y vecinales. En esto se comienza a actuar ahora: aunque de a poco, hay varios círculos y clubes de jubilados donde los abuelos se están reuniendo a conversar sobre lo que sucede y cómo enfrentarlo. Y empezar a hablar es fundamental.
En síntesis, no hay salida posible sin la participación fuerte del Estado, las organizaciones sociales y sin el protagonismo de los viejos. Como en no muy lejanas etapas de nuestra historia y del mismo modo que ocurre ante otras exclusiones, ningún ataque a un sector de la población sería posible sin una sociedad indiferente, que mira a otro lado. En la cuestión de la tercera edad nadie puede sorprenderse: los “pobres viejitos” asaltados y asesinados son los mismos que gran parte de la sociedad ya dio anticipadamente por muertos.
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